miércoles, 10 de julio de 2019

Mi jornada hacia la vida, Día 1888, Aprendiendo de los niños




La semana pasada recibí un nuevo alumno para darle clases de pintura, tiene 3 años (por obvias razones no puedo tomar foto de su carita), pero aqui ya estamos trabajando en nuestra 5a sesión.
Siempre que he trabajado con niños, mi creatividad es puesta al límite, siempre están buscando algo nuevo que hacer, explorando y explotando el material en formas que al resto no parecen ya impensables o las tildamos de absurdas, no porque lo sean realmente, sino porque a nosotros nos enseñaron que solo existía una forma de usar las cosas y solo una forma de ver el mundo... y es allí cuando algo dentro de mi súplica a mi propia paciencia extender sus límites para permitirles explorar más allá de los límites que, no por menos es importante siempre cuidar, pues aunque uno quiere dejarlos correr y hacer lo que ellos quieran, también es necesario ir atendiendo a qué nadie pueda lastimarse con el material o, como en el caso de este niño con el que estoy trabajando, cuidar que no se caiga cuando comienza a subirse a todos los muebles o a llevarse las brochas con pintura a la boca. Y no obstante, todos ellos resultan en los reflejos más sinceros y directos que podemos llegar a tener para confrontar nuestros propios juicios e ideas acerca de los límites.
Cómo el día de hoy por ejemplo: Me encontraba muy cansado por el desvelo que había tenido la noche anterior, me quede realizando una práctica sobre piel sintética y al finalizar alrededor de las 3 am, puse mi alarma a las 8:30, tiempo suficiente para levantarme y desayunar con calma; y ya saben por donde va esto, me levante tarde, tome un licuado a toda velocidad, salí corriendo; ya para este momento yo estaba inmerso en una reacción de enojo hacia mi mismo (eres un pen$&@/! Esto te pasa por no levantarte a tiempo, etc, etc) y como suele ocurrir con el enojo, comencé a entrar en este juego de autovictimizacion acerca de las circunstancias, pensando incluso cosas como: “No me gusta dar clases a niños chiquitos, es muy desgastante, de todos modos no aprenden nada porque no están pensando en aprender a pintar, los padres solo quieren que se entretengan haciendo algo para poder tener un respiro de ellos, etc, etc)
En fin, mi padre se ofreció a llevarme, y en el camino me pidió que pusiera el GPS, trate de ponerlo aún dentro de aquella reacción, que si bien no estaba levantando la voz o profiriendo insultos, si estaba en esa actitud altanera, de esa que cae mal y que curiosamente siempre solemos desdeñar cuando la vemos en otros, porque uno puede ver perfectamente que es esta actitud de proyectar la culpa hacia afuera, pero llegamos justo a tiempo. Y al entrar al lugar para comenzar la clase, llegó aquel niño sumamente sonriente y alegre, emocionado de trabajar sabes? Y yo estaba ahí con mi actitud pedante, fingiendo una sonrisa y mi ánimo porque en realidad yo mismo llevaba todo el camino poniéndome el pie... y cuando el niño tomo el pincel con algunos botes de pintura, diciendo emocionado que le sirviera de todos los colores, y mojó su brocha con la pintura tentado a pintarme con ella, detuve su mano con la brocha y con una mirada en mi rostro que ya no podía esconder el enfado le dije: No seas grosero! No me pintes!
En ese momento la sonrisa del niño se esfumó, porque en realidad esa acción que el está realizando de querer pintarme, era una simple invitación a jugar con él; y es curioso porque por supuesto deben trazarse los límites, ya que no es correcto que vaya pintando el piso, los muebles o a las personas; pero es que en ese momento, justo cuando en mi voz ya era incapaz de esconder el enojo, y por más paciencia que quería tener de la situación, una parte de mí no podía dejar de gritar: ”¡Quédate quieto y ponte a hacer algo para que me dejes en paz!” Curiosamente esa queja viene disfrazada de un: “¡Es muy difícil aguantar niños! ¡No vale la pena por lo que me están pagando! ¡No quiero trabajar con niños chiquitos!”
Es irónico porque, apenas el día anterior los padres del niño me dijeron que estaban sorprendidos de la capacidad de atención que lograba tener el niño estando conmigo, cuando otros maestros no duraron más de dos días y dejaron de asistir a las clases, y con otros el niño simplemente no se disponía a trabajar, porque eran tan "institucionales" y le obligaban a trabajar y a hacer las cosas de una manera, que el niño no podía estar más de 5 minutos con ellos. Y siento que el simple y sencillo hecho por el cual logré esa "empatía" con el niño, fue porque simplemente lo traté como un igual; desde el día en el que llegué a darle clases, vi uno, sino decenas de reflejos de acciones y actitudes que me adentraron a un pasado del cual creía ya no tener memoria alguna; y sin embargo, aquí estaban frente a mí, mostrándome dónde es que aún no he madurado cierta actitud mía o por el contrario, donde yo he sido demasiado restrictivo conmigo mismo al creer que las cosas "bien hechas" sólo pueden ser de una forma. Creo que lo que más me sorprende, es ese pequeño vistazo que a veces permiten los niños al mostrar la absoluta seguridad en sí mismos al hacer las cosas, estén equivocados o no, simplemente harán lo que en su corazón deseen hacer, lo cual es un atisbo de nostalgia y a la vez, una oportunidad inigualable para permitirnos ser los aprendices de los niños.
Y la ironía de las circunstancias es que por y como consecuencia de esa reacción de enojo que no dirigí eficientemente en aquel momento, al final de la clase, hablé con los padres para decirles que era mejor dejar que el niño descansara de las clases, curioso porque aquí claramente está el juicio proyectado en separación de mí mismo ya que: ¿Quién necesita aprender a descansar, el niño o yo? Porque él estaba lleno de energía, yo era quien de hecho acudí cansado, desganado, y con la peor actitud; y ahora estaba culpando al niño de falta de ánimo para trabajar y de requerir un descanso de la actividad... y fue justo al sorprender mi propia deshonestidad en ese momento, que me di cuenta que cualesquiera de las reacciones ante ciertas actitudes del niño, como por ejemplo cuando llegan emocionados y te quitan las cosas de la mano sin pedírtelas y uno entonces les dice que tienen que decir "por favor", pero sólo porque en realidad queremos imponernos sobre otras personas, y nos metemos con los niños como nos metemos con cualquier persona que no esté de acuerdo con nuestras ideas...
Le pregunté al niño al final de la clase enfrente de sus padres: ¿Qué días te gustaría que viniera? Y me respondió "Ya no quiero que vuelvas"
Los padres lo tomaron a broma, y yo pretendí tomarlo así también, sólo porque en realidad no quiero perder el único empleo que tengo en este momento... pero vi en la expresión directa y firme de su mirada, con esa confianza que no alberga miedo en sus palabras, con esa expresión genuina que, uno sabe que no esconde nada porque no tiene nada que esconder, lo que en verdad emergía en él en ese momento. Y me di cuenta que quien se estaba engañando en ese momento, no era él, sino yo...

Me perdono a mí mismo por haberme aceptado y permitido a mí mismo sentir culpa al ver sincera y directamente a lo que ha creado mi participación en la experiencia del enojo, así como en mí irresponsabilidad al no tomar en consideración las necesidades de mi cuerpo, para poder presentarme al 100 a dar las clases, para poder llegar abierto y dispuesto a aprender del niño tanto como él puede de hecho aprender de mí; la culpa no sirve de nada y es innecesaria, porque veo con claridad que aún tengo la oportunidad de aprender de este incidente y comprometerme conmigo mismo a caminar a través de estos momentos para poder dirigirme eficientemente y en ello darme a mí mismo la oportunidad de hacer de mí cada vez mejor maestro, no sólo para este niño en particular, sino para cada persona a quien pueda de hecho llegar a compartirle lo poco o mucho que pueda saber con respecto al dibujo, la pintura, y en esencia lo que me apasiona.

Me perdono a mí mismo por haberme aceptado y permitido a mí mismo ver a los niños como inferiores a mí, como ingenuos seres a los que hay que educar en las formas en que tienen que comportarse y obedecer, sin darme cuenta de que, una cosa es imponerse y otra distinta enseñar al otro que hay consideraciones que tiene que tener con y para los demás, como un simple acto de respeto y amor que, así como se expresa a uno mismo, hay que aprender a expresarlo a los demás, y si algo en el amor hacia mí mismo está dañado, al grado que con mis acciones o mis palabras termino dañando a los demás, puedo ver que entonces aún me estoy dañando a mí mismo de alguna manera que refleja ese daño en y hacia los demás, y entonces es que tomo responsabilidad por mí mismo en esos momentos para dirigirme eficientemente, de modo que pueda continuar en el proceso de perfeccionarme a mí mismo en la expresión que soy.

Me perdono a mí mismo por haberme aceptado y permitido a mí mismo quejarme de "tener que trabajar con niños", cuando en realidad es uno de los trabajos más gratificantes que he tenido, pese a las dificultades que de hecho implica, también aprendo mucho de mí mismo, acerca de observarme en el otro, y en ello entender nuestra naturaleza como seres humanos de una forma un poco más clara, y con ello el potencial que tenemos para de hecho hacer de este mundo un lugar que sea el mejor para todos.

Me perdono a mí mismo por haberme aceptado y permitido a mí mismo decir que "No quiero tener que volver a trabajar con niños", cuando en realidad estoy haciendo dicha declaración bajo y a consecuencia de un momento completamente inmerso en la emocionalidad del enojo, ante una situación en la cual en realidad "no quiero trabajar con niños en ese momento, porque no estoy en las condiciones óptimas para hacerlo, pero eso no quiere decir que NUNCA o JAMÁS quiera de hecho trabajar con niños, porque entonces yo mismo me quito la oportunidad de abrirme al potencial que existe en mí de convertirme en un gran maestro, y más irónico ahora que lo contrapongo con esta idea romántica que de igual modo he llegado a tener por momentos de "tener hijos", lo cual es algo que tal vez en su momento me gustaría tener, aunque desde luego, derivado de estas situaciones, es desde luego algo que me he enseñado a valorar y reflexionar mucho sobre el momento más óptimo para hacerlo.

Me comprometo conmigo mismo a caminar a través de este trabajo con niños, aprovechando todas y cada una de las oportunidades que me brindan para enfrentarme a mí mismo, abriéndome en y para con ellos en una forma en la que pueda de hecho vivir el principio de "Tomar de cada punto lo mejor con la finalidad de perfeccionarme a mí mismo"