domingo, 28 de mayo de 2017

Mi Jornada hacia la Vida, Día 998, De países y Fronteras



"NUEVO LAREDO, México — Ella pasó semanas caminando por la Amazonia y cruzó un río lleno de cocodrilos, luego escaló muros fronterizos, escapó del centro de detención de inmigrantes en Panamá y durmió en una iglesia. Hambrienta y agotada, encontró refugio con los indígenas de la selva que la alimentaron durante una semana.

Finalmente, seis meses después de huir de Cuba para emprender su tortuoso viaje a Estados Unidos, Marleni Barbier, una asistente dental de La Habana, llegó a la frontera con Texas. Pero llegó doce horas tarde.

Más de mil inmigrantes cubanos que soportaron meses de viaje por más de diez países para llegar a Estados Unidos están varados en México, detenidos por la reciente decisión del gobierno de Barack Obama de poner fin a los privilegios especiales de inmigración para los cubanos que llegaban a la frontera.

Ahora, los que están varados en México —y otros miles que emprendieron el sendero migratorio a través del continente americano— tienen la esperanza de que Donald Trump, quien fue elegido, enttre otras propuestas, por su promesa de construir un muro a lo largo de la frontera mexicana, les permita ingresar a Estados Unidos.

“Tengo fe, creo que Trump cambiará eso”, dijo Barbier, de 44 años, quien llegó a la frontera de Texas justo después de que Obama anunciara el fin de los derechos especiales para los cubanos. “Quitar una ley como esa en el último minuto es muy injusto”.

Algunos de los cubanos atrapados en el limbo de la frontera mexicana con Texas llegaron el 12 de enero, el día en que el gobierno de Obama eliminó la política “pies secos, pies mojados”. Esa medida, que empezó a funcionar en 1995, le permitía a los cubanos que llegaban a Estados Unidos entrar legalmente al país.

Cerca de 150 cubanos están apostados a solo 50 pasos del puente peatonal que conecta la ciudad mexicana de Nuevo Laredo, con Laredo, Texas. Desconcertados y desanimados, los cubanos están siendo alimentados por los mexicanos mientras encuentran consuelo en la oración."

Este es un artículo del New York Times que estaba leyendo hace algunos minutos y que me gustaría abordar como referencia para el evento que tomó lugar apenas ayer mientras tomaba un café cerca de mi escuela.

Un particular acento robo mi atención mientras me encontraba sentado en un café que suelo frecuentar a una cuadra de mi escuela; y no tardé mucho en advertir que la historia que narraba aquel médico militar cubano no podía ser excepto fiel al orden de la realidad.

No era una historia que solicitara caridad sin antes ofrecer o prestar alguna suerte de servicio, tampoco un hombre en cuyos ojos u articulación de sus palabras se describiera alguna forma de contradicción o padecimiento de sus facultades mentales.

La sinceridad de sus palabras dejaban ver una situación desesperada de un hombre que obligado a dejar su patria, cruzó el océano por medios y bajo condiciones de adversidad impronunciables, motivado por la esperanza y un plan de vida que permitiera emprender la fuga hacia la promesa de alguna improbable libertad.

Tras llegar a la Ciudad de México, escapando de "la migra", se vio obligado a permanecer varios días en la indigencia sin recibir apoyo alguno de cualquier fuente o persona.

Insisto ante toda duda gestante que no solicitaba caridad, sino la oportunidad de realizar un trabajo o servicio a cambio de una remuneración cualquiera que le permitiera emprender camino a la ciudad contigua de la Ciudad del estado de Cuernavaca donde un colega aguardaba su llegada bajo promesa de asilo político, en tanto pudiera hacer orden de aclaración a su ya complicada situación.

Sin dar un segundo pensamiento, me levanté de mi asiento y le solicité que me acompañara a las inmediaciones de la Universidad, dónde tras un fallido intento por encontrar al Rector a fin de solicitar el apoyo para con un amigo, comencé a buscar entre los rostros conocidos alguna oportunidad o usufructo que bien pudiera posteriormente recompensar.

Tras una breve charla con un colega, obtuve la suma de 200 pesos (que por supuesto me comprometí a retribuir a la brevedad) y extendí el dinero a aquel hombre quien sin esperar que tal suma fuera tan gratuita como la mano y el abrazo que extendimos mutuamente antes de emprender caminos distintos, aún con ánimo de trabajar me preguntó: "¿Cuál habría de ser la labor a desempeñar de su parte?", a lo cual le respondí que únicamente la de conseguir su boleto para llegar a la ciudad de Cuernavaca lo antes posible.

Los agradecimientos estuvieron de más, pues la alegría de sus ojos dijo todo lo que el corazón necesitaba escuchar.