sábado, 12 de noviembre de 2016

Mi Jornada hacia la Vida, Día 947, Esto no es un cuento: El amigo vagabundo

Recuerdo a todos aquellos "otros" que conocí alguna vez, como aquellos vagabundos con quienes solía platicar al salir de la escuela cuando me encontraba en el primer año de la primaria, en aquel momento, también mis únicos amigos; para mí no existía maldad, locura o repulsión ante su imagen cuando los veía sentados cerca de mi casa e incluso les llevaba comida.

Recuerdo que un día al salir de la escuela me senté en la calle con uno de ellos tras haberle llevado un pequeño sandwich; mi hermana menor solía salir más tarde y mi madre la recogía en la escuela y dejarla en la casa antes de volver a su trabajo; yo me había salido de la casa sin avisarle a la señora que solía cuidarnos, quién ciertamente no tenía idea de lo que hacía cuando ella no me veía al volver de la escuela; el punto es que, mi madre me vio al lado de aquel hombre y con una veta de horror en sus ojos me tomó de la mano y me jaló con fuerza hacia ella, apartándome tan rápido como fuera posible de aquel hombre, yo me solté de su mano y alegué con furia que "¡Él es mi amigo!", ella me tomó nuevamente de la mano exclamando: "¡¿Cómo va a ser tu amigo Gabriel?!". Y sin responder nuevamente me desprendí de su mano, colocándonos cara a cara, lanzándole una mirada de desprecio exclamando entre ceja y ceja: "¿Qué diablos pasa contigo?" 

"¡Él es mi amigo!" exclamé nuevamente para acto seguido correr hacia aquel vagabundo y sentarme a su lado, mi madre me siguió con presurosa cautela, manteniéndose sólo lo suficientemente cerca como para asegurarse de que "no me fuera a hacer daño" o algo por el estilo; en su cara se dibujaba una enorme extrañeza, acompañada de un gran espanto que poco podía comprender lo que la normalidad de su pensamiento le dictaba a apartarme de aquel hombre envuelto en harapos, cubierto de su propia suciedad, inmerso en una locura contraria al dictado de los principios de la sociedad; allí me esperó algunos minutos al lado de aquel hombre mientras yo esperaba pacientemente a que terminara el sandwich que le había llevado y a los pocos minutos, una vez terminado, me levanté de su lado y me despedí de él como usualmente lo hacía al tiempo que le decía que lo vería al día siguiente para llevarle otro sandwich. 

Una costumbre y hasta un ritual se volvió para mí preparar ese sandwich con mermelada de fresa con cajeta, así me los preparaba yo y así se lo preparaba a él, mi amigo, aquel de quién nunca supe ni me importo su nombre, así como él jamás preguntó por el mío, sólo dos desconocidos compartiendo un sandwich, dos amigos compartiendo un poco de dulzura.

Con el transcurso de las semanas, incluso mi madre le pedía a la señora de la casa que me preparara aquel sandwich extra que compartiría con aquel hombre al volver de la escuela y al principio simpre habría alguien observando desde la distancia, lo cuál me molestaba porque no quería que eso hiciera sentir incómodo a aquel amigo mío, e incluso llegaría el momento en el que nadie tendría que esperar a mi lado para saber que volvería a casa apenas termináramos de comer aquel sandwich.

Un día al salir de la escuela, llevando los sandwiches que solía compartir con él y tomando la ruta que acostumbraba todos los días para encontrarme con él en aquel sendero a mi casa, sorprendí su ausencia allí donde siempre solía encontrarle tendido entre sus cobijas; pregunté a las personas que solían pasar por aquel lugar, algunos vendedores de dulces que frecuentaban la primaria, así como a algunas personas que me habían visto antes con él.

Algunos me dijeron que simplemente se fue, otros dijeron que algunas personas lo corrieron del lugar, pero en cualquiera de los casos, sentí la perdida de un amigo, lloré su ausencia en aquel momento y aún lo hago mientras escribo ésto; un amigo con quien no intercambié palabra alguna y si lo hice, sinceramente no puedo recordarlo, sólo recuerdo la dulzura que compartíamos en la mutua presencia del otro.