martes, 16 de agosto de 2016

Mi Jornada hacia la Vida, Día 937, Cuento: Caballo del Viento

(Querido lector, lo que está a punto de leer no pretende ser más que mi humilde interpretación de la filosofía del camino rojo; considereme un completo extranjero cuya única intención en éste cuento es narrar una breve visión de lo que personalmente he vivido y caminado en y a partir de mi propio proceso; mi sugerencia es que si pretende o apunta a un estudio más profundo y específico del camino rojo, nada mejor que los cuentos y narraciones de los propios indios americanos, habiendo dicho ésto, espero que el siguiente cuento/la siguiente visión, sea de su agrado.)



Caballo del viento



Cuando quieras engañar al mundo, di la verdad – Otto Von Bismarck

La mañana del tercer día, bajó para consumar su visión; la gente con una veta de espanto, observaba a aquel extraño descender de la montaña, abriéndose paso entre los árboles, y apenas puso un pie en la tierra del fuego, el gran jefe apresuró su llegada y llevándolo rápidamente lejos de la vista del resto de la gente hasta un tipi, con la finalidad de retornar a aquel extraño extranjero entre su gente.

- ¿Vienes de visita extranjero? O ¿Has vuelto entre tu gente para quedarte?

- Hay muchos regalos que pude encontrar en el bosque, allá en aquellos días de mi soledad entre las montañas; allá por el séptimo momento una pequeña oruga cayó desde la copa de un árbol hasta mis pies; su cuerpo en apariencia frágil y débil ya contaba algunas historias a pesar de su corta existencia. Ante mí tenía al maestro de las transformaciones, anunciándome la inevitabilidad de la muerte… así de efímera es la espiritualidad, puesto que sin importar lo mucho que uno pretenda cambiar, la muerte siempre lo llevará de vuelta a la oscuridad de donde uno proviene, allende el lugar donde residen los sin nombre.

- ¿De qué ha servido entonces tan larga jornada a cientos de guerreros de quienes aún se cuentan sus leyendas?

- No lo sé gran jefe, supongo que esos nombres sólo han servido de excusa a los vivos para darnos alguna suerte de tranquilidad frente a la inevitabilidad de nuestro destino.

- ¿Qué más viste en aquella oruga mi querido sobrino?

- Me vi a mí mismo querido tío, vi mi temor a la muerte

- Entonces viste tu temor a la muerte, no a ti mismo. Mi querido sobrino, tal vez el retorno de tu viaje ha sido demasiado apresurado, tanto que ha sido poco lo que han podido tocar tus pies la tierra como para dejar su marca.

- ¿Pero es acaso nuestro propósito existir como un fragmento en la persistencia de la memoria? ¿Creí que encontraría más que sólo promesas de auras vitales?

- Mi querido sobrino, saliste allá a la montaña persiguiendo una visión como el cazador que persigue búfalos, como el guerrero que busca cabelleras, como si los espíritus te debieran una visión, buscaste fuerza y sabiduría ¿pero sabrías reconocerlas si éstas simplemente se te otorgaran? El sufrimiento no nos otorga visiones, como tampoco el valor, ni la fuerza de voluntad.

- Por momentos parece como si perdiera mi centro; sé que esa sabiduría y fuerza provienen de cada uno; el sonido de las hojas que se deslizan entre el viento formaban el sonido del océano, y de entre todas las visiones, aquella fue la que personalmente encontré entre mis sueños más lúcidos; allí me quedé paralizado en medio del bosque sólo escuchando, añorando la conexión que alguna vez encontré entre mi ser, mi cuerpo y mi mente, y fue en ese momento, que el caballo del viento que remontaba ferozmente los árboles haciendo tan sublime sonido me narró el nacimiento del primer árbol, cuando el primer ser se arrastró fuera del abismo hasta la tierra, quedando cautivado de tal suerte por la belleza de la existencia y la vida misma, que se detuvo sólo por un momento a prestar la más solemne atención a su entorno, a cada sonido de las profundidades que incluso comenzó a navegar entre las estrellas, hizo ésto con tal profundidad de tal forma que tal instante duró no menos de una eternidad; sin darse cuenta sus pies se enraizaron al suelo, sus brazos y articulaciones se endurecieron, y tanto los dedos de sus manos, como cada cabello de su cabeza comenzaron a extenderse en todas direcciones como si trataran de alcanzar la vastedad de todo cuanto le rodeaba…

- ¿Alguna semilla habrá dejado entonces aquella visión para que dirija tu camino?

- Puedo ver el umbral, el abismo que existe entre los seres que parecieran no poder hacer otra cosa más que resignarse a sentir el vértigo y en ello ya pues su fascinación por la muerte misma.

- ¿Será que en algún lugar entre el vértigo y el abismo pueda cruzar alguna palabra que permita a éstos seres formar el puente que mitigue tan profunda soledad?

- El cuerpo es ya la puerta, el abismo pues no expresa un vacío entre los individuos, sino tal vez entre las lenguas mismas, que constantemente pareciera cortar los amarres de este puente entre los pueblos, entre las naciones que se ven impedidas a salir de su propio territorio y que por tanto temen el territorio ajeno, allí y justo allí donde ellos son pues los extranjeros, y temen de tal suerte adquirir un punto de vista distinto que su condición es entonces imponer al que cruza la necesidad de aprender la lengua que ellos dominan y se gobiernan.

- La pregunta mi querido sobrino, es si la libertad de nuestro pueblo podrá coexistir con las libertades que otros se toman en su tierra.

- La libertad mi querido tío, no reside en el derecho a vivir en la dependencia, sino en el trabajo que yo realizo a fin de satisfacer la plena libertad del otro, sabiendo reconocer pues si es que vivo aún bajo el esquema de dichas dependencias; tú mismo lo has dicho – ¿sabríamos reconocer la fuerza y la sabiduría nos fueran otorgadas? ¿sabríamos decir lo que funciona para el otro cuando desconozco el camino sobre el cual aquel ha dejado pues ya su marca? ¿No es verdad que el árbol que emerja de aquella semilla compartirá el mismo tronco, aun cuando las ramas del sur y las ramas del norte se encuentren distantes unas de otras?

- El espacio entre una salida y una llegada, puede también ser un espacio de contradicción

- ¿Y a quién compete pues resolver la confusión tío, si es uno quién cierra entonces sus oídos a la razón? La confusión que la mente crea, es el cuerpo el que la sufre, porque allí donde la palabra no nos alcanza para desenmarañar el entretejido de estas verdades en las que nos hemos perdido y hasta contrariado, es entonces y sólo entonces que la hospitalidad de la escucha estrecha la mano de la razón, allí donde decimos no ser capaces de escarmentar en cabeza ajena es donde perdemos de vista el camino del corazón, porque no es a través de la cabeza sino de todo el cuerpo que encuentro el camino a través de las ramas, bajando por el tronco y hasta las raíces donde el otro es también mi hermano. Para seguir en la vida a veces tenemos que olvidar, pero para poder vivir, a veces debemos recordar tío… aquel camino que va más allá de los íconos y los ídolos, más allá del guerrero que pretende la esclavitud de otros a fin de fingir la libertad de la suya. Allí donde nuestro camino es el polvo gemelo de las mismas estrellas.

- El camino rojo…

- Ahó metakiase…