martes, 9 de agosto de 2016

Mi Jornada hacia la Vida, Día 934, En el bosque de las luciernagas


El fin de semana pasado visite un pequeño pueblo que se encuentra en el Estado de Puebla con mis amigos, donde se encuentra uno de los recintos de luciérnagas más asombroso que haya tenido la oportunidad de conocer; y más ahora que termina de hecho su época de reproducción, puesto que la temporada de apareamiento comienza en el mes de Julio y termina aproximadamente por estas fechas y no sólo ellas, sino también es la época de apareamiento de sapos, aquí una pequeña grabación de los sonidos del bosque.


Desafortunadamente con las luciérnagas fue una historia completamente diferente, porque a pesar de su vastedad en el espacio que nos encontrábamos y que su brillo era perfectamente perceptible a más de 20 metros de distancia, la cámara no alcanzaba a percibirlos (al menos no la del celular y fue la única que llevé conmigo).

Sin embargo, lo que quiero relatar aquí no es necesariamente la suerte de "espectáculo" que hacemos de estos eventos que para las luciérnagas resulta en realidad su ritual anual de apareamiento. 

Lo que me interesa relatar es en realidad cuál fue mi percepción acerca de lo que representaba nuestra presencia dentro de ese entorno, porque aquí de pronto llegamos los seres humanos y comenzamos a encender fogatas y tirar basura y humo y ruido al entorno que en realidad es un santuario para estos bichitos que vienen a reproducirse a ese entorno. 

De hecho, durante la noche llegó un punto en el que decidimos apagar la pequeña fogata que habíamos encendido, puesto que las luciérnagas se confundían con las brasas y al acercarse caían inmediatamente al suelo asfixiadas por el humo.

Una de las cosas, que más me sorprendió entre las caminatas que realizamos por el bosque una amiga y yo, fue que encontramos una de estas jaulas, que a leguas se notaba abandonada de tiempo atrás.


La puerta delantera aún se encontraba abierta, pero la trasera contenía en su interior un ave muerta a la cuál le habían dejado un poco de comida y agua que se notaba por demás ya estancada de varias semanas; de modo que mi amiga y yo nos dimos a la tarea de desactivar la trampa (soltándole una respectiva patada a la entrada para que esta cayera)




Esta trampa abandonada, evidentemente no tenía el propósito de atrapar algún conejo o algo por el estilo, sino coyotes, de hecho, un perro/coyote nos visitó esa misma noche antes de dormir, nos vio y se fue. 

Hay muchos regalos que pude encontrar en el bosque, entre ellos el sonido de las hojas que se deslizan entre el viento formando el característico sonido del océano, resulta ser de entre todos el que personalmente encontré más abrumador, por un momento, me quedé paralizado en medio del bosque sólo escuchando, añorando cierta conexión que de igual forma experimente mientras me encontraba en la montaña, hasta por un momento, se me antojo imaginar el nacimiento del primer árbol, siendo éste ser que mientras se paseaba por la existencia, se vio de tal suerte cautivado que se detuvo en pie a prestar atención absoluta a los sonidos del entorno y que lo hizo con tal profundidad y por tanto tiempo que sin darse cuenta sus pies se enraizaron en el suelo, sus brazos y articulaciones se endurecieron y de sus dedos y su cabeza comenzaron a extenderse en todas direcciones como si trataran de alcanzar la vastedad de todo cuanto le rodeaba a éste. En fin.

No estoy diciendo que no visitemos y hagamos presencia de estos santuarios; no obstante éstos merecen no menos que nuestro más solemne respeto y atención en todas y cada una de las actividades que realizamos dentro de éstos, no por menos, somos realmente los visitantes de estos lugares que si bien nos ofrecen y colman de regalos, lo menos que podemos hacer es ofrecer uno en retorno, nuestra consideración.